7.2 Recepción de la embajada por el shah Abbas (Parte 2)
(17.06.1618)
Shah Abbas I
Tenía el rey vestida una aljuba de una tela de que se visten los persianos más pobres y comunes, de color verde, y en la cabeza una toca de muy poco precio, listada de seda verde y encarnada, rodeada sobre el bonete que por insignia de su religión sophiana traen ordinariamente todos los hombres principales y la gente de guerra á quien con particular nombre en lengua turquesca llaman Casilbasís. Es este bonete de un fieltro colorado y muy grueso, demás de lo cual, por dentro lo traen muy estofado con algodón, de manera que resiste y cualquier recio golpe de cimitarra. De la entrada es más estrecho cuanto haziendo fuerza lo puede encajar en la cabeza, ensanchándose hasta lo más alto de él en altura de poco más de medio pie, quedando arriba muy llano y redondo y rematándose en unas dobleces como las caperuzas de luto que traen en España, ó como las que usan como traje ordinario la gente común de la Mancha ó Castilla la Vieja, las dobleces que se han dicho de este bonete no son más ni menos de doce, por singular cirimonia de los Sophianos en la nueva religión que entre ellos instituyó Xeque Aidar de Ardebil; en el centro de la superficie del bonete y adonde estas pliegues se rematan hay un palillo muy fijo y bien asido, de cuatro dedos de alto y un dedo de grueso, quedándolo algo más en su remate de arriba, y llano, de la misma forma que el bonete. Por el cual palillo desde lo más bajo de él corren doce canales que se vienen á juntar en su centro y parte superior de arriba, señalándose allí estas doce canales como las doce pliegues de la caperuza de donde el palillo nace, que ansimismo es colorado como ella. Sobre este bonete serrodean muchas vueltas de toca, segun la costunbre asiática, quedando un muy soberbio turbante, pero de manera que siempre queda descubierta la parte superior y plana del bonete en que están formadas las doce pliegues, aunque las más veces no se descubre más de el palillo, impidiéndolo las dobleces más altas de la toca, que subían un poco más arriba que lo más alto del bonete.
La cimitarra que el rey traía era muy conforme á la modestia y llaneza del vestido, con la guarnición negra y la vaina de cuero negro, no mostrando tampoco en la forma y disposición de su persona algún decoro ni majestad de tan gran rey, siendo de cuerpo más pequeño que mediano, delgado, aunque de nerviosos y robustos miembros, aguileño y de rostro enjuto, medianamente blanco, con ojos muy vivos y que tiraban á verdes. Por el mucho y ordinario ejercicio suyo, no guardándose del sol ni de las demás injurias del tiempo, tenía el color del rostro muy tostado, pareciendo menos blanco de lo que realmente lo era; pero lo que más falta exterior, parecía en él era la rusticidad y mala forma de las manos, que eran notablemente cortas, gruesas y negras, como las podría tener un muy rústico y grosero pastor.
Luego como el rey entró en el cenador vino juntamente detrás de él un muchacho muy blanco y de gentil presencia, de edad de quince ó diez y seis años, con una muy ordinaria aljuba verde y una toca blanca en la cabeza, el qual sin sentarse se arrimó al pilar del cenador de la mano derecha y allí se estuvo puestos los ojos en el suelo sin mirar ni hablar á nadie, ni tampoco nadie hablarle á él. El intérprete del Embajador le dijo disimuladamente como aquel era hijo del rey, y que no hiciese demostración alguna de que lo sabía, queriéndolo el rey ansí, lo qual se echaba bien de ver no haciéndola ninguno de los presentes como si fuera cualquiera de los pages y sirvientes que después aquella noche allí entraron.
Y porque ya en este tiempo quería anochecer y el presente comenzaba á pasar en una muy larga procesión por delante y junto á los dos lados del estanque, se encendieron en un instante infinidad de luces, primero alderredor del estanque muchos candiles grandes de plata, y luego otra orden de candeleros de lo mesmo con velas de cera, cerca de los cuales estaba infinita gente sentada sobre alfombras que rodeaban todo el estanque, como diez ó doce pasos apartados, haciendo una verdadera forma de amfiteatro con innumerable cantidad de miradores; cerca de la puentecilla ó pasadizo estaban los criados del Embajador, como huespedes recién venidos, en mejor lugar que los demás, y á un lado algo, detrás de ellos los de la familia del Chaus, muy pocos y notablemente deslucidos; y porque la huerta estuviese más clara, detrás de todo este número de gente había gran cantidad de una especie de blandones ó hacheros de plata, casi de la forma de los que llevan los acólitos en las iglesias catredales, teniendo en lo alto muchas barrillas de hierro alderredor, de manera que hacían en medio un vacío en que tenían una cierta confección de fuego que hacían tan gran llama como cuatro ó seis hachas juntas cada uno.
Pero lo que fué más de notar de lo que en esta noche aquí se vió, fué una mujer, no pareciendo otra alguna entre tantos hombres como en esta fiesta se hallaron, la cual estaba sentada en una alfombra, un poco apartada más del estanque que la otra gente, teniendo á las espaldas una casa ni grande ni muy bien labrada, pero con algunas ventanas y varandas con celosias, adonde, como después se entendió, estaban las mujeres del árame del rey. La mujer que digo tenía su manto blanco como todas las persianas acostunbran, mas con todo el rostro descubierto, que por lo que por el se juzgaba parecía de más de cincuenta años, abultado y más largo que redondo y algo moreno y colorado, mostrando en su postura y estraña gravedad tanto señorío, que parecía que cuanto allí pasaba con la pompa y demostración del presente se había hecho y ordenado para que particularmente ella lo mirase. No estaba cerca de ella nadie, más de que tenía delante de si una grande urna de oro de más de dos pies de alto, y como veinte pasos apartados de ella muchos soldados bien aderezados con sus arcos y flechas y cimitarras, mostrando estar en guarda suya y con mucha veneración y respeto. Todos los que traían el presente, que eran tantos como se ha dicho, aunque al principio pasaban enfrente de ella, como después volvían por el lado del estanque hacia donde ella estaba sentada, la cogían de través, y ocho ó diez pasos antes de llegar á ella no le pasaban por delante, sino torcían el camino un poco y pasaban entre ella y la casa adonde tenía las espaldas, no haciendo en todo el tiempo que duró el pasar movimiento alguno volviendo algún tanto el rostro á mirar nada de lo que llevaban.
El rey de Persia, luego como llegó supo de los que estaban en el cenador, que ya á esta hora estaba con muchas luces, lo que el Embajador había dicho del Chaus del Turco, de que comenzó mucho á reír y á decir sobre ello algunos motes por el intérprete al mismo Embajador, en lengua georgiana porque el Chaus no lo entendiese; mas aunque esto era ansí, bien se echaba de ver la disimulación y artificio suyo, procurando con cuantas demostraciones podía exteriormente agasajar y hacer honrra al Enbaxador, mas en lo interior y esencial todo su fin iba dirigido á que el Chaus le viese allí, y ansimismo el presente que con tanta ponpa y cerimonia le pasaban delante. Y á este fin le había detenido sin le dar audiencia, aunque había llegado á Casbin nueve ó diez días antes que el Enbajador, y como en audiencia que para este día le estaba aplazada comenzó á hablar con el Chaus sobre las materias que venía a tratar y que el ya debía saber por haberlas el Chaus propuesto á algunos de sus ministros. La platica fue algo larga, hablando en ella el rey algunas veces con ademanes de enojado, y sigún el intérprete me advertía le hacía grandes amenazas, diciéndole que no se habían de haber los turcos con él como con su padre Codabanda que era ciego y para poco, habiéndole quitado tanta parte de Media y Armenia la mayor que él había cobrado de ellos por su espada como patrimonio suyo, y que ansí no se las había de volver ni reconocimiento alguno por ellas. Y aunque estas cosas las decía muy paso y llegándose mucho al Chaus, por estar todos tan cerca no podía dejar de entenderlas el intérprete, infiriéndose de ellas que el Chaus le pedía aquestas provincias como ganadas á los turcos en tiempo que este rey tenia treguas con ellos.
Siendo ya pasadas dos horas de la noche entraron algunos muchachos con el cabello largo, que por los lados le salía debajo del turbante hasta el cuello, y porque para servir en parte tan estrecha como era aquel cenador podrían impedir las faldas de las cabayas de que ordinariamente usan, traían unas ropillas de tela de oro que no les llegaban á medio muslo; los calzones, que eran de lo mismo, muy justos, como calzas de botarga, siendo las medias continuadas con los calzones, aunque no tan justas, quedando de esta manera con un talle y forma muy para provocar a risa. Ansí estos muchachos como algunos otros ministros tendieron delante del rey y de todos los demás que allí estaban manteles muy largos, que como ya se dijo cuando dio el banquete el Cham ó Soltan de Xiras, eran de una tela ligera de seda y oro, cubriendo después los manteles de unas grandes tortas muy delgadas y que fácilmente se doblan sin quebrar, las cuales, demás de que se comen, sirven también de servilletas á quien de esta manera se quisiere aprovechar de ellas, aunque los persianos, moros y turcos curan poco de limpiarse cuando comen.
La cena fue muy simple, llana y de poco artificio, siendo más propia y semejante á la modesta parsimonia lacónica de los antiguos lacedemonios que al mucho fausto y opulencia de los persas de aquel tiempo, la cual se extinguió y acabó del todo en Asia con las pobres, rústicas y miserables costumbres de los árabes. Y ansí esta cena no se compuso de más que de algunos grandes platos de arroz, gallinas y carnero, todo junto y encorporado, y otros que sirvieron de principios y postres, de ciruelas medio verdes, rábanos y pepinos, queriendo sin duda mostrar el rey en la frugalidad que en su cena aquí vieron sus huespedes la inclinación y profesión que en todas las ocasiones tiene y hace de soldado. Y aunque es verdad que lo que se comió en este banquete tenía poco arte y primor, antes mucho del común y grosero, el servicio de él fue real y suntuoso, siendo todas las tazas, garrafas, fuentes y aguamaniles de oro muy grueso y pesado, y esto no solo en el cenador adonde el rey estaba, pero en todas las demás partes alderredor del estanque adonde también todo aquel numero de gente a un mesmo tiempo cenaba.
Y porque es costumbre entre los persas tratar igualmente en los banquetes, ansí de las cosas serias como de las de entretenimiento, la mayor parte de este de ahora gastó el rey en hablar muy de veras y apretadamente con el Chaus aunque por dos veces brindó al Embajador, la una á la salud del rey de España, su hermano, nombrándole siempre de esta manera, y otra á su bienvenida. El Enmbajador, aunque no tenía costumbre de beber vino, después de haber hecho la razón le brindó una vez á su salud y al buen suceso de las cosas que traía entre manos, y otra á la barba del Chaus, haciendo que su intérprete le dijese esto postrero muy de cerca en lengua georgiana, de que el rey, dándose una gran palmada en la frente, rió mucho, aunque su risa es indiferente y que hay poco que fiar en ella. Por mucha que era la mesura y gravedad del Chaus comía algo de lo que tenía delante, pero el muchacho hijo del rey no se movió, ansí en pie como estaba, en todo este tiempo, tampoco como la mujer que ya hemos nombrado, sin comer ni hacer más mudanza que si fuera una statua.
Acabóse antes de media noche la cena, y porque el Embajador se hallaba en extremo fatigado y cansado, ansí del desusado asiento que tenía, como del traje de gala que aquel día se había puesto, le suplicó al rey le diese licencia para irse á descansar á su posada, y habiéndosela el rey dado mandó que le acompañasen hasta volver á ella, el gobernador y aposentador mayor que aquella tarde habían con él venido. Y después de haberse el Ebbajador despedido del rey se salió de la huerta con muchas lumbres, ansí de aquellos blandones del rey como de hachas que le llevaban sus criados, hallando tanta gente en el terreno de la huerta y por las calles, como si fuera de día, y ansí llegó á su posada poco después de media noche.
(
García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo IV, pp. 87 – 94)